reflexiones de un

CURA DE PUEBLO

El juez y la viuda

«Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme.”» Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»

Es una invitación a estar siempre y en todo tiempo en actitud orante. Dando gracias, pidiendo lo necesario cada día sin desfallecer. 

Creo que muchas veces somos flojos en la oración. Se nos tragan las actividades de la agenda, el frenesí de cada día. Y la oración la hacemos como con prisa, por cumplir, en un ratito que introducimos con calzador. 

Eso sucede cuando no has entrado en el gozo del descanso amoroso con quien sabes que te ama. A un niño le da igual la hora y la actividad que esté haciendo. Si lleva horas sin ver a su madre o padre, cuando estos, entran en casa, deja todo lo que le está entreteniendo y sale corriendo a darles un abrazo y llenarlos de besos. Más que nada, necesita a su padre y su madre. Nosotros ¿hemos perdido el ser como niños ante Dios? ¿Hemos perdido la necesidad de nuestro Padre Dios?

Cuentan que en cierta ocasión estaban haciendo una entrevista periodística acompañada de muchas fotografías a un juez muy serio de un alto tribunal en el despacho de su mansión. En la puerta de la estancia se escuchaban continuamente ruidos como de llamadas insistentes. De repente en el momento más inesperado, se abrió la puerta y apareció corriendo el nieto de tres años del juez. Este cambió de cara y le regalo una gran sonrisa que quedó reflejada en el periódico del día siguiente.

Así es Dios con nosotros cuando como niños insistentes le entregamos nuestra oración en forma de petición de perdón, de gratitud y de cariño. Siempre la recibe con una sonrisa y un abrazo que nos eleva hasta su rostro para recibir su beso.

Se ve claramente en este evangelio que esta viuda no tenía “goel” o protector familiar. Estaba profundamente sola. Pero sabe que en el cielo Dios tiene para ella una justicia y la busca llena de coraje.

Muchos hombres de nuestro tiempo tienen en el cielo muchos “regalos” sin abrir. Es decir, muchos acontecimientos que hubiesen sucedido en su vida a su favor, si hubiesen confiado en la bondad de su Padre Dios. Pero por falta de voluntad y por “flojera” nunca los recibirán. Eso lo descubrirán cuando ya no tengan vida terrena, desde la perspectiva celeste.

Santa Teresa de Jesús nos recuerda que Dios no se muda, sigue estando ahí pendiente de ti y tus cosas. No dejes que tu vida pase sin detenerte y llamar una y mil veces a quien puede levantar tu vida del suelo.

¿Encontrará fe en la tierra cuando vuelva Jesús triunfante? Pues esa pregunta la puedes responder tú por ti mismo. Es una pregunta personal, sólo para ti.

La fe se mantiene en el corazón de cada hombre, no en libros ni en tradiciones. No depende de lo que piense la mayoría. Y esta fe, que un día recibimos, se fortalece dándola, entregándola a este mundo que tiene el alma más destrozada que el cuerpo.

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